La ópera prima de David Lynch es de esas películas que generan un impacto que se mantiene para toda la vida y que el autor de este texto expone en toda su dimensión.
Por Axel Nicolás Bosso
-Crease o no, Eraserhead es mi película más espiritual.
-Elabora eso.
-No.
El fragmento corresponde a una entrevista realizada por la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión en 2007. En ella, David Lynch hizo un breve repaso por algunas de sus creaciones y compartió migajas de sus ideas acerca del cine en general. El intercambio está plagado de momentos curiosos, con el humor característico del director oriundo de Montana, Estados Unidos. Sin embargo, el fragmento citado es quizás el que más se recuerde y comparta, a modo de chiste o “meme”. En esta oportunidad, deseo rescatarlo por todo lo que implica en Eraserhead (1977), su primer largometraje.
Mi incursión en la filmografía lyncheana data de hace ya más de una década. Una recomendación, con ciertas dudas y temores, de un profesor del secundario me direccionó hacia Carretera perdida – Lost Highway (1997). Para esa altura de mi preadolescencia ya amaba las películas, pero recién durante estos años empezaba a dar mis primeros pasos alejados de influencias familiares. Pasos más cercanos a ansias de exploraciones y descubrimientos sin rumbo fijo. Aunque aquella condenada carretera fue la primera en alterar mi forma de ver y sentir el cine —o incluso en hacerme considerar por primera vez que hay formas de ver y sentir en sí—, fue con Eraserhead – Cabeza borradora que algo se cimentó para siempre.
La película relata las frustraciones y miedos de Henry Spencer (interpretado por Jack Nance) con respecto a su relación con Mary (Charlotte Stewart), por un lado, y con la sorpresiva llegada de un bebé, por el otro. Lo retorcido, por llamarlo de una manera, es que dicha criatura no es humana: puede llorar intensa e incansablemente como cualquier bebé que alguien haya visto de reojo, pero su apariencia y fisonomía denotan una monstruosidad que inunda la pantalla cada vez que aparece. ¿Cómo ha ocurrido semejante aberración/milagro? ¿Cómo podrán sobrellevar la situación la conflictiva pareja? ¿Es tan terrible traer a un nuevo ser a este mundo? ¿Por qué veo un micro-teatro dentro de una estufa?
En múltiples ocasiones, oralmente y a puño y letra, Lynch explicó que sus películas no tienen una significación o sentido concreto. Son “simplemente” la combinación de ideas y escenas que lo conmueven, junto a las diversas formas en las que el medio cinematográfico le permite graficarlas y entrelazarlas. Su intención final es que nos dejemos envolver y atrapar con cada obra, siendo conscientes de qué nos hace sentir, más que seguir una narrativa lógica y coherente. Cada persona encontrará su propia interpretación bien “dentro” suyo, y siempre será correcta.
Curiosamente, veo Eraserhead a los veinticinco años y me pasa algo similar que a los quince: huyo de la idea de ser padre. Son los primeros planos a un Henry que se muestra asustado y hasta desconectado de lo que ocurre a su alrededor. Las escenas acompañadas por fuertes sonidos y ruidos industriales, por presiones de gas que se vuelven insoportables a los pocos segundos. El uso de lo onírico y lo inesperado, intentando cortar un pequeño pollo cocido que empieza a moverse y lanzar sangre, mientras la suegra empieza con movimientos de lengua y lamentos extraños, con el suegro quedándose plantado y su mujer llorando. La superposición de imágenes, con la escena anterior y una perra amamantando a sus críos. Los silencios eternos entre diálogos de personajes mirando cosas más allá de lo que revela la cámara. Lynch sabe cómo hacerme sentir incómodo, triste, aterrado, pero también maravillado por lo inimaginable de la vida.
Si Eraserhead es la película más espiritual de David Lynch probablemente sea por todo lo que significó a sus treinta años, con unos pares de ellos criando a su primera hija, Jennifer, y con problemas de presupuesto que retrasaron su finalización por casi una década. También debe ser tan espiritual por todos los roles que el director ocupó en el proyecto, desde la ya mencionada dirección hasta otras posiciones más técnicas, sonoras y de producción. No obstante, no se puede dejar de remarcar cómo toda la simbología, técnicas y sensibilidades que Lynch nos ha presentado durante más de cuarenta años de pesadillas introspectivas, carreteras traicioneras y sexualidades frustradas están comprimidas en la medida justa en Eraserhead. Por supuesto, hay films posteriores que logran explotar recursos y herramientas aquí utilizadas de manera superlativa —la construcción de “jump scares” y la disposición de espacios interiores, por nombrar solo dos—. Sin embargo, la grandeza del artista siempre tuvo sus gérmenes en este delirio parental. La yuxtaposición de imágenes creando seres imaginarios frente al sufrimiento o la incertidumbre del protagonista, los pisos zigzagueantes en blanco y negro, la foto de la explosión nuclear… desde técnicas insignias a simples guiños que el autor repetirá a lo largo de su obra. Pero acá están en un corte preciso. Duran lo que tienen que durar. Incluso aquellos planos estáticos de varios segundos, con sus agentes pasivos, con bocas cerradas y miradas que apenas conectan. Son la receta perfecta para el desasosiego y la desesperación de un hombre que quiere poder dormir tranquilo una noche, pero su criatura casi mitológica recién nacida no lo deja.
¿Y qué pasa cuando aparece el deseo? Lynch entiende que este se muestra más auténtico cuando aparece prohibido. El protagonista no se muestra a gusto con su pareja, incluso antes de la sorpresa de la paternidad. Reclamos de poca presencia, olvidos. Su suegra lo interroga de sus relaciones con Mary y luego lo acosa, dejando a Henry tan perplejo como a quien observa la pantalla. Es por estas razones que cuando aparece aquella misteriosa figura femenina, abarcando la totalidad de la pantalla luego de planos de total oscuridad, se ve al protagonista más vulnerable que nunca.
A final de cuentas, Eraserhead sigue siendo un pozo al cual sumergirse para buscar unos peces dorados —la forma de Lynch de describir el proceso creativo—. La debida revisión me significó acordarme porque hoy me gusta y me interesa tanto el cine, las razones de querer escribir sobre él y esa búsqueda al horizonte de conocimiento, el cual siempre se me corre un paso cuando avanzo. Todavía me siento como Henry cuando hablando con su suegro confiesa con suma humildad: “No sé mucho de nada”. Eso sí, me encantaría poder escribirlo portando ese estupendo peinado.




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