La película de mi vida: Blade Runner – Como lágrimas en la lluvia

Iniciamos una serie de ensayos analíticos mixturados con recuerdos íntimos con este texto dedicado al clásico de 1982 dirigido por Ridley Scott.

Por Diego Maldonado

No recuerdo cuándo fue la primera vez que vi Blade Runner (1982), ni la última previo a esta. Tampoco me acuerdo de por qué me cautivó tanto, o si fue hasta darme cuenta de la relevancia que tiene para la historia del cine que decidí nombrarla “mi película favorita”. Lo que sí recuerdo con más precisión es el haber leído la novela, y que no me cautivó ni la décima parte de lo que sí lo hizo luego el clásico de Ridley Scott. Pero… ¿realmente importa? Al fin y al cabo, “esos momentos se perderán, como lágrimas en la lluvia”. Lo que no podía dejar pasar era la oportunidad de maravillarme de nueva cuenta con esta obra cumbre; seguramente, una de las responsables de mi fascinación por la ciencia ficción.

Este visionado fue particular por varias razones. Aquel día, por culpa del poco confiable wi-fi de mi casa, tuve que buscar mi Blu-Ray de la película para verla. Mi intención inicial era ponerla en HBO Max —que también tiene The Final Cut (la supuesta versión definitiva) en su catálogo—, para enseñarle una o dos cosas al algoritmo. Irónico. Una película de ciencia ficción para que la máquina aprenda sobre ciencia ficción. Ni Philip K. Dick pudo haber previsto esta paradoja. Compartir la experiencia con mi novia también sería una variable distinta en esta ocasión; desafortunadamente, la extenuante jornada laboral de esa vez le impidió mantener los ojos abiertos, por lo que tuve que proseguir solo.

Adentrarme de nuevo en Blade Runner sería algo así como una prueba de Voight-Kampff: ¿causaría en mí las reacciones que esperaba que causase al tratarse de “la película de mi vida”? Debo confesar que sí y no. Volver a verla después de tanto tiempo, con cientos de películas más en mi bagaje cinéfilo, no es lo mismo, al menos no en lo narrativo. Pero, aun así, no puedo atreverme en absoluto a dejar de considerarla “mi película favorita”. ¿Por qué? Quizá es por alguna cuestión más sentimental que racional, así como Rachael se aferra a una fotografía que evidencia un recuerdo manufacturado por alguien más. ¿Será entonces que su existencia como objeto imprescindible de la cultura pop creó en mí la fascinación a la que hago referencia?

Pero, no me malentiendan, apenas los primeros cuadros de la película, aquellos en donde vemos el violento y futurista panorama de Los Ángeles encapsulado en la pupila de aquel individuo, me hicieron decirle a mi novia: “Wow, y esto es solo el principio”. Las siguientes escenas, donde navegamos por los altísimos edificios, con los más llamativos espectaculares digitales por aquí y por allá, me hacían ver que se trata de algo que ha envejecido poco o nada, lo que un replicante ciertamente envidiaría.

Los efectos prácticos, los vestuarios, la música de Vangelis… Odio que se diga que “ya no hacen las películas como antes”, pero al ver Blade Runner se le puede dar algo de razón a la chocante frase.

Y bueno, en lo visual no hay nada que reprochar; en lo narrativo, por otro lado, me encontré con algo más simple de lo que recordaba, y hasta este momento no sé si es algo bueno o malo. Un detective de poca monta pasea por las calles buscando a unos forajidos, y en el proceso se enamora de una mujer con un serio problema de identidad.

Mientras mi novia dormía profundamente, seguía con atención, pero con cierta sorpresa, la aventura de Rick Deckard, y me preguntaba: “¿Por qué la historia me fascinaba tanto? ¿Necesito recordar?”. Me encontraba entonces ante un problema que, por un momento, me hizo sentir como Deckard, desconfiado de sus propios recuerdos y temeroso de enterarse de algo inesperado. Y fue al final, gracias a Rutger Hauer, que encontré mi unicornio de origami. Sí, esto confirmó mis sospechas de que Blade Runner dejó de ser una película para convertirse en algo que va más allá; una suerte de referencia a la que se acude simplemente para rastrear el origen y no exactamente para disfrutarla de principio a fin —porque, lo admito, también caí dormido por unos instantes, por lo que tuve que rebobinar—. Pero, como el protagonista, lo acepto. El monólogo de Batty, mi unicornio de origami, me hizo recordar por qué Blade Runner es tan magnífica a pesar de todo; la reflexión tan humana de este ser artificial representa la esencia de la ciencia ficción: la humanidad que trasciende la humanidad; no por nada el eslogan de la Corporación Tyrell es “más humano que los humanos”.

Y ahora lo tengo. Blade Runner, para mí, fue la iniciación en el género, y no solo en el cine, sino en la literatura y en los videojuegos. De hecho, después de haber jugado el desastroso Cyberpunk 2077 es curioso ver todos los elementos recogidos de la película que se incorporaron en el videojuego. Blade Runner, como un emblema de la ciencia ficción, me instó a investigar, leer y ver más y más acerca de la que es ahora una de mis más grandes pasiones en la vida. Recordé por qué 2049 (2017) me afectó como pocas películas hace unos años. Que una secuela le haya rendido homenaje a la original y a la vez haya expandido el universo con una sólida historia me resultó conmovedor.

También descubrí que esta podría ser la razón por la que me rehúso a ver una película por segunda o tercera vez inmediatamente después de la primera. Así como muchos vuelven a las salas para atascarse en todo sentido, yo prefiero alejarme por temor a decepcionarme al ver algo que no haya visto la primera vez. Porque, al final, realmente me gustaría decirles a mis sobrinos o a quienes sean que “he visto cosas que no se imaginan”.

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