Este ensayo propone dividir la filmografía del multifacético director, guionista y actor japonés en tres grandes grupos para analizar así las vertientes esenciales de su apuesta autoral.
Por Gastón Navarro
Cuando hablamos de un cine violento o de películas violentas en donde los disparos, los golpes y la sangre nunca faltan, seguramente caemos en géneros como el western, el de acción, o en nombres propios como Clint Eastwood, Martin Scorsese y Quentin Tarantino, entre otros. Pero hay alguien en particular que ha logrado crear casi un mundo propio, un universo cinemático (hoy que ese concepto está tan de moda), en donde todas sus películas parecen ser parte del mismo contexto y convergen hacia un mismo lugar: la violencia en todas sus formas. Esa persona es el japonés Takeshi Kitano, quien durante los últimos 30 años ha construido una autoría sumamente particular y casi perfecta.
Es necesario entender que Kitano ya nace siendo parte de una cultura violenta que, por supuesto, ha quedado reflejada en el cine desde hace 100 años o más. Pero la particularidad del director, guionista y hasta editor es que se ha concentrado en una faceta en particular, el del crimen organizado nipón, mucho más conocido como Yakuza, una mafia que ya lleva instalada en Japón desde hace varios siglos, comenzando con los famosos samuráis. También se ha dado lugar para contar otras historias, pero -aun así- de una forma u otra la violencia sigue siendo el eje de sus películas. Por eso, podríamos adentrarnos en su filmografía a partir de tres grupos conceptuales, y abordar las aproximadamente 20 películas desde otro lugar que el corriente: primero, los films concentrados en la Yakuza, la violencia física y la venganza; segundo, las más inclinadas a la introspección, el drama, la comedia y también algo de romance; y tercero, el Kitano que funde los dos aspectos anteriores y donde, a criterio personal, podemos encontrar sus mejores trabajos.
Kitano y la Yakuza
Lo primero y más importante que hizo el director a la hora de abordar la mafia japonesa es que, básicamente, cambió el paradigma. La forma de ver a la Yakuza y sus miembros hasta la década de 1990 (siempre en términos cinematográficos) era la de un grupo de personas obedeciendo órdenes y yendo a la guerra por sus jefes y clanes, con el honor y cientos de años de historia a cuestas. La mayoría de las películas se dedicaba a mostrar grupos de hombres tatuados asesinándose unos a otros por un bien mayor en el que rara vez podían tener un puesto más alto que el de un peón. Como botón de muestra alcanza con nombrar al famosísimo actor Bunta Sugawara, especialista en protagonizar películas de este tipo en las décadas de 1960 y 1970, y que tal vez tiene su punto más alto con la pentalogia de Kinji Fukasaku titulada Batallas sin honor ni humanidad, basada en la supuesta historia real de un miembro de la Yakuza. Sin embargo, a Kitano nunca le interesó este arquetipo nipón, principalmente porque se crió con un padre sospechado de ser un miembro de la mafia ya retirado, y porque él mismo de joven vivió de cerca experiencias con la propia mafia, pudiendo incluso terminar siendo parte de ella, pero decantándose por otro camino, primero como humorista y más tarde como cineasta. Por eso, sus personajes son criminales sin objetivos reales, con presentes absolutamente nihilistas, entre quienes morir podía ser algo tan normal como vivir, pero ya no como miembros de un bien mayor, sino porque simplemente así es la vida.
Este grupo de películas tiene su origen en Violent Cop (1989), la ópera prima de Kitano, en donde encarna a un personaje muy similar al de Clint Eastwood en la saga de Harry el sucio. Ambos policías tienen una moral más que dudosa y sin miramientos a la hora de enfrentar el mal, en este caso a la propia Yakuza. Inmediatamente después se potencia este tipo de historias y personajes (que tienen la particularidad de ser interpretados por el mismo Takeshi), con su segunda película, Boiling Point (1990), en la que dos jóvenes terminan envueltos con un Yakuza retirado bastante violento y desquiciado; y tres años después con su cuarta película, Sonatine (1993), donde ese ya mencionado nihilismo alcanza dimensiones estratosféricas gracias al personaje principal, de nuevo el propio Kitano interpretando a un mafioso que le perdió el sentido a la vida. Para este momento la autoría del japonés ya estaba más que instalada, pero que por razones que se van a mencionar mas adelante, no volvió a estar enfocada en este tipo de violencia hasta 2003, cuando estrena Zatoichi, una nueva adaptación de la famosa historia del masajista ciego que en realidad era uno de los mejores samuráis, ambientada en el siglo XIX, y que hasta ese momento había tenido decenas de películas y series televisivas muy famosas protagonizadas por Shintaro Katsu.
Lo que sigue y completa de forma magistral esta faceta de Kitano como director más visiblemente violento es la trilogía de Otomo compuesta por Outrage (2010), Beyond Outrage (2012) y Outrage Coda (2017). Lo que hace Kitano a lo largo de estas tres películas, y ya con una autoconciencia más que significativa, es volver a desarmar el arquetipo Yakuza y contextualizarlo en una sociedad actual en la que cada vez les cuesta más encajar. Podríamos afirmar que todo lo que el director podía decir sobre el crimen organizado japonés llega a su gran final con esta trilogía crepuscular.
Kitano y la instrospección
Este segundo grupo de películas marca la otra faceta narrativa del director, donde la violencia, el dolor y la muerte ya no son simplemente un disparando un arma, sino que ocupan un lugar mucho más amplio y, de cierta manera, más significativo, y con un suceso que marcó la carrera de Kitano.
Para 1991 se toma su primer respiro de la Yakuza y escribe y dirige A Scene at the Sea, en la que empieza a mostrar su cara más poética con la historia de un sordomudo que decide ser surfista y que también se hace lugar para el amor. Pero un par de años después, y al terminar de filmar su quinta película, Getting Any (1994), una comedia que roza la parodia y toca todos los temas recurrentes en su filmografía, Kitano tiene un grave accidente/intento de suicidio que casi le cuesta la vida y lo deja con secuelas físicas bastante graves, de las que llamativamente pudo recuperarse casi por completo, como si fuera uno de sus propios personajes duros de matar. Esto obviamente influye muchísimo no solo en la vida personal del japonés (para bien, ya que deja de lado la mala rutina que llevaba hasta ese momento), sino también en las historias que decide contar, y empiezan a surgir películas mucho más intimas y un poco más esperanzadoras.
Entre ellas podemos encontrar Kikujiro (1999), con una historia que sigue a un niño en busca de un familiar que termina siendo acompañado por un ex yakuza, interpretado por Kitano, quien entabla una relación bastante particular con el joven. Posteriormente llegaría Doll (2002), uno de los trabajos más reconocidos del japonés fuera de su país, y el que más se acerca al drama romántico, porque une tres historias de amor, con una pareja de protagonistas. Completa este grupo otra especie de trilogía, pero ahora mucho más conceptual, con un Kitano que mantiene las preocupaciones de siempre, pero se lo nota en una faceta más artística, dentro y fuera de cada película en sí misma. Ellas son Glory to the Filmmaker! (2007), Achilles and the Tortoise (2008) y Ryuzo and his Seven Henchmen (2015), esta última utilizando el tema más recurrente del director, los yakuzas, pero en clave comedia.
Takeshi y Kitano
Si algo empezó a ser una constante en su cine después de algunas películas, fue la autoconciencia del director a la hora de saberse parte de un mundo más grande, pero también de sus propios personajes que cada vez rompían más esa barrera entre la película y su propia vida. El ejemplo más claro y poderoso de esto es Takeshis (2005), en la que interpreta a dos personajes, uno llamado Beat Takeshi y el otro Mr. Kitano. Uno es un famoso actor de películas de yakuzas, y el otro un hombre común y corriente que sueña (literal y simbólicamente) con ser actor. Acá la personalidad y el trabajo del director se desdobla de una manera que pocas veces vemos en el cine, con una similitud a lo que sucede, por ejemplo, con Charlie Kaufman y Adaptation, de Spike Jonze.
Este grupo de películas, además de tener esta característica, contiene sus trabajos más íntimos, personales e introspectivos, y se conjugan las dos facetas del director, logrando, posiblemente, los trabajos más perfectos, conceptual y narrativamente. El primero es Kids Return (1996), el más autobiográfico y que llegó después de ese accidente de tránsito ya mencionado. En esta historia Kitano plasma su propia vida juvenil en los dos protagonistas que están en la etapa que deben decidir qué hacer con su vida después de terminar los estudios. Uno elige ser boxeador y el otro, crecer dentro de la mafia japonesa, lo que los lleva por dos caminos que tienen más en común de lo que parece.
La siguiente es Hana-Bi / Flores de fuego (1997) con la historia de un policía que debe enfrentarse al dolor y la perdida, con su esposa haciendo frente a una enfermedad terminal, un compañero de trabajo en sillas de ruedas, y su propia obligación como miembro de la ley a cuestas. Una película demoledora que puede interpelar al espectador con un simple gesto de sus protagonistas.
La tercera y última de este grupo es Brother (2000), su primera película rodada fuera de su país, que sigue a un mafioso que debe escapar y viajar a otro continente, y que teniendo como base otra vez a la Yakuza y con una historia de las más utilizadas, aborda dos culturas muy diferentes (la japonesa y la estadounidense) unidas por la violencia, la soledad y la amistad; todo, por supuesto, visto desde la particular visión de Kitano sobre el mundo y las personas que lo habitan.
Sin dudas, el universo Kitano dentro y fuera de la pantalla es tan excéntrico como valioso, es dueño de una de esas filmografías que no sobran, que prácticamente no tienen desperdicio, y que mejoran con los años. No solo es uno de los artistas japoneses contemporáneos más importantes, sino que tal vez sea el único que ha podido armar y desarmar a su gusto uno de los géneros más antiguos dentro del cine, y en el camino purificarlo hasta desarrollar una autoría indispensable.




Deja un comentario