El uso del sonido en la obra de Peter Strickland

Análisis de una de las facetas más interesantes de la filmografía del director de «Katalin Varga», «Berberian Sound Studio», «The Duke of Burgundy« e «In Fabric».

Por Diego Maldonado


La solemne pero agradable voz de David Attenborough nos da la bienvenida al Biophilia Live, película de concierto que Björk encargó a Peter Strickland y Nick Fenton. Las palabras del inglés —siempre relacionadas con los documentales sobre los seres vivos que habitan la Tierra— parecen más que pertinentes para adentrarnos en este universo, donde la tecnología y la naturaleza se unen ante nuestros ojos y, particularmente, nuestros oídos. Y es precisamente con este discurso que podemos entender por qué Strickland se pudo haber interesado por este proyecto —más allá de que se tratase de un exponente musical como la islandesa—: “Pero la mayor parte de la naturaleza está escondida de nosotros, que no podemos ver ni tocar, como aquel fenómeno que se puede decir que nos mueve más que otro en nuestra vida diaria: el sonido”.

Con apenas cuatro largometrajes en su haber, y la ya mencionada película de concierto, Strickland se ha convertido en una especie de director de culto que cautiva a los espectadores no solo con la extrañeza de sus historias, sino precisamente con lo que Attenborough define en Biophilia Live como uno de los secretos mejor guardados de la naturaleza. Consciente de esto, Strickland nos abre la puerta —o más bien sube el volumen— para que podamos adentrarnos en un universo sonoro tan enigmático como revelador. Veamos entonces cómo este director trabaja el sonido en su obra.


Katalin Varga: el primer aviso de la sonofilia

La ópera prima de Strickland, producida con apenas unas 25.000 libras, no tarda en develar las intenciones del director por hacer del sonido una de sus herramientas más poderosas para inquietar al público —no por nada eso le valió un premio a su equipo en la Berlinale de 2009—. En la película, Katalin (Hilda Péter) vive en un pueblo encallado en la región de Transilvania, Rumania. Su conflicto se revela en breve: tras darse a conocer en su localidad que su hijo es un bastardo, esta le dice a su esposo que fue violada y que ahora pretende cobrarse venganza buscando a sus victimarios.

Si bien Katalin Varga (2009) es la película “distinta” en la filmografía de Strickland, desde aquí es posible identificar su incipiente filia por el sonido. La mezcla es, sin duda, uno de los aspectos más brillantes del film; la forma en que podemos escuchar el crujido de la carreta en la que viaja le añade más tensión a la ya de por sí delicada tarea de embarcarse sola en una cruzada con violentas consecuencias. Incluso un molesto pero hilarante tono de celular contribuye a esta amalgama sonora que, por momentos, parece advertir de anacronismos puntuales, los cuales definirían a cada una de las películas que vendrían a continuación.

El sonido también es protagonista durante una de las mejores y más intensas escenas de Katalin Varga, cuando la protagonista, a bordo de una lancha, le cuenta a uno de sus violadores —viviendo ahora felizmente con su familia—, quien insospechadamente le está dando asilo, cada detalle del acto del que fue víctima hace tantos años. Mientras escucha con incredulidad, el ruido que hacen los remos chocando contra la madera del bote acentúan la inquietante sensación de un hombre que se sabe acorralado.

Y si a todo esto les agregamos las múltiples escenas en que la música y algunos casi espectrales sonidos no diegéticos surgen de la nada para atormentar a varios de los personajes, podemos identificar el origen de lo que sería su siguiente trabajo.




Berberian Sound Studio: la inquisición del sonido

La película por la que Strickland saltó a la fama es una muy reverenciada entre los fanáticos del cine de género. Como casi un tributo al giallo, Berberian Sound Studio (2012) propone, además de una buena dosis de terror psicológico, toda una tesis sobre el papel del sonido en la narrativa.

Basta con ver la cantidad de personas que conformaron el departamento de sonido de esta película —más de 30— para darse cuenta de lo que Strickland quería hacer con este elemento en aquella ocasión. Vamos, estamos hablando de un film en el que los artistas de foley deben hacer sonidos para los artistas de foley de la historia, que a su vez también están haciendo efectos de sonido para The Equestrian Vortex, la película de terror (que Santini no nos escuche llamarla así) en la que trabaja Gilderoy (Toby Jones), el ingeniero de sonido británico que quién-sabe-cómo terminó en la serie B italiana.

En Berberian Sound Studio, por supuesto, cada sonido es un grito desesperado: un desdoblamiento de la ficción que nos asoma a la tortura que vive Gilderoy, un noble pero patético hombrecillo tratando de hacer lo mejor que puede en el peor de los escenarios. Pero este esfuerzo es también un vistazo a las entrañas del proceso de Strickland, y de la producción cinematográfica por default. A través de los artistas del sonido que pueblan este espacio fílmico, Strickland nos invita a reinterpretar la importancia de este elemento en la creación cinematográfica —algo de lo que Charlie Chaplin podría tener una que otra opinión en contra—.

En el artículo Hard Line Listening: Sound and Audition Within the Films of Peter Strickland, de Senses of Cinema, Lawrence English habla sobre “la poderosa capacidad sugestiva de los efectos de sonido creados para llevarnos a un lugar que está más allá de lo que podemos ver”. Esto queda de manifiesto, por ejemplo, cuando Gilderoy lee las cartas que le envía su madre; su lectura viene acompañada de una serie de efectos de sonido que nos pintan una imagen muy precisa de las situaciones y los lugares mencionados por la mujer. Incluso cuando el tono de los textos pasa de lo utópico a lo lúgubre, el sonido es importantísimo para darle sentido a la transición. De igual forma, The Equastrian Vortex nunca se muestra ante nosotros de ninguna manera; sin embargo, la extensa colección de sonidos que Gilderoy supervisa —muy a su pesar— nos da una idea más que clara de las imágenes.

La música, de igual manera, es parte fundamental del universo sonoro que Strickland crea para cada una sus obras. Berberian Sound Studio fue la primera vez que se involucró con bandas y artistas poco convencionales para encargarles la música original, cosa que ha repetido desde entonces. Curiosamente, como dice en una entrevista también para Senses of Cinema, su obsesión llegó a tal grado de decirle a la banda Broadcast cómo quería que sonara, inspirado, por supuesto, en el cine giallo de antaño. El director asegura en esa misma conversación que aprendió la lección y dejó de entrometerse de esa forma en sus siguientes proyectos; pero este nivel de obsesión hace referencia una vez más a la inquisición del sonido: la tortura constante por obtener el paisaje sonoro que hable por los personajes sin necesidad de que estos digan una sola palabra. Y vaya que lo logra.



Biophilia Live: el sonido como revelador de una naturaleza oculta

La música bien podría ser la evolución del sonido: una colección sonora a la que un artista le da armonía —o no— para expresar una idea, un estado de ánimo o cualquier otra cosa que le haga sentido a un individuo. Attenborough define la música como “los sonidos utilizados por los seres humanos y entregados con generosidad y emoción”. El amante de la naturaleza señala a continuación que la música también tiene un papel revelador, “dando a conocer partes de nosotros que permanecerían ocultas de otra forma”. Con estas palabras, resulta más sencillo entender la colaboración entre Strickland y Björk.

Como artistas del sonido, cada uno en su mundo, el británico y la islandesa funcionan como guías hacia un entorno inédito y fascinante. Mientras que Björk utiliza su música para tratar de que sus escuchas se reconecten con el medio ambiente y su espíritu, Strickland echa mano de los efectos de sonido para encontrarnos con nuestras emociones. En Biophilia Live (2014), sus discursos afines se unen en una presentación audiovisual estimulante, reveladora y ciertamente electrizante.

“Escucha, aprende y crea”, invita Attenborough antes de que Björk aparezca en el escenario del Alexandra Palace. La máxima nos remite a Berberian Sound Studio, donde, igualmente, Strickland prácticamente ofrece una clase de cine gratuita a todo aquel interesado técnicamente en el cine. Su objetivo, sin duda, no es que tomen notas, sino que, retomando las palabras de Attenborough, puedan escuchar los sonidos, aprender de ellos y, posteriormente, crearlos ellos mismos en sus proyectos. Tanto en Biophilia Live como en Berberian Sound Studio yace una naturaleza oculta que el sonido permite develar conforme nos adentramos más y más en sus entrañas.

The Duke of Burgundy: atracción por medio del sonido

Temprano en The Duke of Burgundy (2014), la entomóloga Cynthia (Sidse Babett Knudsen) dicta una conferencia sobre los sonidos que produce una especie de polilla, que sirven para diferenciarlas de otras. Mientras, Evelyn (Chiara D’Anna) la mira con notable admiración. Lo que sigue a continuación es Strickland en su máximo esplendor sonoro: un zoom in hacia una bocina que emite una grabación del sonido que emite el insecto da paso a un travelling de la audiencia escuchando atentamente —con un rápido insert del dibujo científico de la polilla—. En esta escena, el director invita a vivir una experiencia sonora en comunidad. El espectador, como si estuviera en ese lugar, atiende las órdenes de Cynthia con religiosidad absoluta. Este se queda inquieto por el entorno dispuesto por Strickland, como si fuera otra polilla buscando el origen del sonido; su atracción es inevitable.

En su tercer largometraje, el cineasta británico continúa otra exploración sonora muy similar a la de Berberian Sound Studio, aunque más sutil y críptica que aquella. Mientras que en esta última el sonido cumple un papel revelador, en The Duke of Burgundy tiene una función como la que verdaderamente cumplen estos sonidos cuando se emiten: atracción.

La película nos adentra en una relación sadomasoquista, en la que los papeles están bien definidos: Cynthia domina y Evelyn se somete. Así como en Berberian Sound Studio, el sonido se utiliza aquí para sugerir acciones que ocurren fuera de cuadro. En una de las escenas iniciales, cuando todavía desconocemos la verdad sobre la relación entre las protagonistas, y creemos que Evelyn es solo una mucama, su ama la lleva al baño para “castigarla” por no realizar sus tareas como se espera. La cámara no es invitada a pasar, pero lo que pasa ahí se sugiere al escuchar la frase “Abre la boca”, un chorro de líquido cayendo y algo así como unas gárgaras.

Resulta curioso saber que esta mezcla de sonidos en The Duke of Burgundy tenía todavía más elementos. En la misma entrevista para Senses of Cinema, Strickland comenta que buena parte de la edición significó quitar y quitar más sonidos para que los que quedaran “tuvieran más espacio para respirar”. Sin duda sería interesante ver y escuchar la película con un paisaje sonoro más rebosante; pero también lo es el hecho de que el director haya desarrollado una habilidad no solo para darle un sentido narrativo —y hasta meta-narrativo— en sus películas, sino también para saber cuando no son necesarios. Este poder nos remite nuevamente a Biophilia Live y a la banda sonora del film en cuestión. Cuando Attenborough habla de nuestra naturaleza oculta revelada a través de la música, podríamos pensar en esta sustracción sonora en favor de una música original más preponderante. A cargo de la banda Cat’s Eyes compuesta por el cantante Faris Badwan (vocalista de The Horrors) y la soprano Rachel Zeffira, el score no solo refuerza los anacronismos que impregnan la trama, sino también el humor de la pareja, que enfrenta una crisis marcada por la monotonía y la repetición. Cabe destacar que, a diferencia de con Broadcast, Strickland admite que dejó trabajar a este dúo con total libertad para hacer su música. Quizá por eso se entiende la cualidad tan atrayente de los temas.




In Fabric: el sonido como un embrujo

In Fabric (2018), la película más reciente de Strickand, y quizá la más ha dividido a la crítica, expande las cualidades atrayentes del sonido ya expuestas en su cinta anterior, llevándolas ahora hacia el ocultismo. El film trata sobre un vestido maldito que trae nada más que miseria para quien lo usa. La serie B tiene un día de campo aquí, pero eso no significa no solo que no haya oportunidad de insertar una crítica a ciertos temas sociales, sino tampoco que no se pueda experimentar una vez más con el poder narrativo del sonido.

En tres distintas ocasiones, Reg Speaks (Leo Bill), un patético reparador de lavadoras, emplea una verborrea para decir qué anda mal con los electrodomésticos que tiene que arreglar. Sus oyentes, quedan totalmente hipnotizados por sus palabras. No por nada Reg lleva el apellido de Speaks. La conexión con aquella escena de Cynthia explicando las diferencias técnicas entre polillas, con una Evelyn absorta, parece obvia. Tanto Cynthia como Reg atraen a sus parejas con los sonidos que emiten, dejándolas completamente a su merced.

Pero las cosas se invierten después, cuando Reg cae víctima de los embrujos de un comercial ligado con la tienda departamental de donde proviene el vestido diabólico. Las ondas sonoras, hipnóticas y muy llamativas, terminan por apresarlo y dejarlo inerte en un sillón. Aquí, el poder del sonido es inconmensurable e inevitable.

El sonido también sirve para acentuar la malignidad del vestido en varias escenas. De pronto, un pedazo de tela adquiere una presencia intimidante gracias a los sonidos abstractos provistos por el equipo del director. La ridiculez del vestido asesino no sería la misma sin la existencia de estos últimos.

Peter Strickland, por supuesto, dirige actores, pero su papel parece ser más el de un director de orquesta. Con una plétora de sonidos a su disposición, sin excederse creando una cornucopia sonora, escoge con precisión qué debe sonar, cuándo y cómo para realzar o darle sentido a las imágenes que presenta. Esto suena a lo que debería hacer todo director y su editor de sonido en cada película, pero Strickland lo ha llevado a otro nivel, dándole un papel revelador, seductor, atemorizante y hasta siniestro. Y con Flux Gourmet (2022) a la vuelta de la esquina, seguramente nos espera una nueva y deleitante experiencia sonora.


Referencias
English, Lawrence. (2019, julio). Hard Line Listening: Sound and Audition Within the Films of Peter Strickland. Senses of Cinema.

Edmond, John. (2019, julio). Interview: The Work of Peter Strickland. Senses of Cinema

Strickland, Peter. (Director). (2009) Katalin Varga [Película]. Libra Film.

Strickland, Peter. (Director). (2012) Berberian Sound Studio [Película]. Illumination Films.

Strickland, Peter y Fenton, Nick (Directores). (2014) Björk: Biophilia Live [Película]. One Little Indian.

Strickland, Peter. (Director). (2014) The Duke of Burgundy [Película]. Rook Films.

Strickland, Peter. (Director). (2018) In Fabric [Película]. Rook Films.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑