Sobre Christopher Nolan, el director de la grieta cinéfila

Una mirada sin prejuicios ni concesiones sobre la filmografía y los rasgos autorales del realizador de «Noches blancas» («Insomnia»), «Memento, recuerdos de un crimen», «El gran truco», «Interestelar», «Dunkerque», «Tenet» y tres entregas de la saga de «Batman».

Por Nicolás Barak

Frío o calor. Blanco o negro. Oficialismo u oposición. Existen personas que no les gustan los sanguchitos de miga al mismo tiempo que existen otras que estarían contentas comiendo exclusivamente eso por el resto de su vida. Desconozco si es algo que fue intensificándose por el tiempo o qué tanto tienen que ver las redes sociales al respecto, pero es innegable que existe en la mentalidad popular actual una cierta tendencia a la polarización. Por un lado, esto genera una aparente (falsa) participación en el fenómeno del momento. Cada uno se pone la camiseta de su equipo y discute con la mayor pasión del mundo con el polo opuesto sobre cómo necesariamente la otra visión está totalmente errada.

Christopher Nolan es el salvador y el único director válido de toda una generación, o el inglés es simplemente un hijo no reconocido de Michael Bay, Transformers y el cine de masas vacío e irrelevante. Esto puede ser divertido de leer en un hilo de Twitter, pero, lamentablemente, como en cualquier otra polarización, anula totalmente el intercambio de ideas, y la convierte en un ring de batalla para definir quién tiene razón y quién es un ignorante. Desde este lado, y obviamente sin ser dueño de la verdad, vamos a intentar comprender las verdades que conviven en ambas caras de la moneda.

Por un lado, existe algo que es ciertamente innegable. Christopher Nolan es, según toda definición que se busque, un autor. Ya lean a Alexandre Astruc, François Truffaut o al teórico francés que les plazca, el cine de Nolan está repleto de características y decisiones formales (y temáticas, principalmente) que fue e irá repitiendo a lo largo de toda su filmografía. ¿Pero qué hace a un autor relevante? ¿Es el simple hecho de que sea una visión única e irrepetible suficiente valor para apreciar y reconocer su obra como notable? Quizás comprendiendo los rasgos autorales de Nolan podamos llegar a una respuesta.


Repeticiones, obsesiones y otras mañas

Lo primero que sale a la hora de pensar recursos y decisiones constantes en la filmografía de Nolan es su obsesión por el tiempo. Ya sea por desordenarlo como en Memento (Memento, recuerdos de un crimen), ralentizarlo como en Interstellar (Interestelar) o reconvertirlo como en Tenet, todas las películas del director tienen un énfasis particular puesto en el tiempo.

En Batman Begins (Batman inicia), una de sus películas más comerciales, el tiempo es también una obsesión, a pesar de no ser técnicamente complejo como en otras de sus obras. Lo que lleva a Bruce Wayne (Christian Bale) a vestirse de murciélago y ser una supuesta buena persona es su propio miedo a los murciélagos generado de niño. Pero este temor no es un temor cualquiera. Es un trauma que se provocó por pedirle a sus padres salir de aquella obra de teatro, y que ineludiblemente terminó con el asesinato de los mismos por parte de un criminal don nadie. Bruce, al vestirse de murciélago, se está vistiendo de su pasado y está queriendo ocultar su propia historia, casi como haciéndose responsable de la muerte de su familia.

Durante todo el film vemos cómo esto se deja implícito en la acción. El personaje y la lucha con su pasado es el elemento principal de “la segunda historia”. Tal es el caso que hacia el final del film Nolan deja entrever que, aunque cree que lo superó, está lejísimos de hacerlo. Tenemos un plano donde ya habiéndole ganado al malo de turno, tapa el agujero de la mansión donde cayó de niño, dando a entender que ya está, que ya ganó. Pero aún así, el film decide terminar con una ruptura amorosa y la aparición de la carta de un nuevo villano como el Guasón. Nada cambió en Ciudad Gótica y nada cambió en Bruce Wayne. El pasado permanece y se carga de valor narrativo.

En Memento, quizás el caso más claro de la relación de Nolan con el tiempo, sucede algo similar. Leonard Shelby (Guy Pearce) sufre de memoria a corto plazo y olvida todo lo que le digan a los pocos minutos. Esto genera distintas situaciones a lo largo de la película, pero además de que el protagonista quiera olvidar algo del pasado y tenga un sentido dramático, existe una cuestión narrativa fundamental. La historia que vemos, a excepción de las escenas en blanco y negro, está contada al revés, con el protagonista y su conocimiento espejado directamente con el espectador en su intención de no conocer lo que sucedió cronológicamente antes. Viendo la película contada de esta forma comprendemos cómo el personaje realmente quiere olvidar su pasado y sucede en este espejismo de Shelby con el espectador algo más que interesante de pensar sobre su visión.

Los flexibles y maleables tiempos de Nolan siempre terminan apuntando a uno de los temas que más exploró en su cine. Si Alfred Hitchcock, generalizando, filmaba gente normal en situaciones extraordinarias, Nolan filma gente arrepentida queriendo olvidar su pasado. En Inception (El origen), por ejemplo, tenemos el caso de un protagonista como Dominic Cobb (Leonardo DiCaprio) que durante todo el film tiene que cumplir una tarea en su trabajo, pero su pasado se le interpone en el camino. Similar a un director de cine, Cobb debe crear un sueño, una aventura inexistente que termine generando una sensación particular en el soñador. En el medio de esa creación, queriendo sacar adelante a su equipo, su pasado se le interpone como el trauma con Bruce Wayne. Su exesposa, quien se suicidó creyendo en un sueño inexistente, aparece e intenta que la creación no se lleve a cabo.

Este subtexto sobre lo difícil que puede resultar el proceso de la creación con un pasado traumático es uno de los recursos más interesantes a analizar de su filmografía en relación al tiempo. Nolan no solo habla como un autor de los mismos temas, si no que cada película tiene una visión única sobre los mismos. Volviendo al gran británico original, Hitchcock siempre disfrutaba de hablar y reflexionar sobre el voyeurismo y sobre lo que significa ver lo que les sucede a otras personas, pero no podemos encontrar dos películas iguales o que hablen de la misma manera. Aquí se nos puede venir a la cabeza otro director que suele ser nombrado en comparación a Nolan, desde detractores y fanáticos por igual, y quizás nos pueda ser útil ponerlos uno al lado del otro y ver el porqué de esta relación.


Sorpresa, sorpresa… Christopher Nolan no es Stanley Kubrick


Stanley Kubrick dirigió 13 películas en toda su vida. Cada una de ellas, a excepción quizás de su primera película Fear and Desire, tiene no solo su firma inigualable, sino que son totalmente distintas temáticamente las unas de las otras. Que una persona pueda dirigir The Killing (Casta de malditos), Barry Lyndon y 2001: Odisea del espacio habla de una versatilidad prácticamente insólita en el séptimo arte, solo quizás merecedora de auténticos nombres mayúsculos como Howard Hawks. Pero más que esta enorme variedad en sus films, Kubrick tenía algo crucial: nunca filmaba por filmar.

Nolan, en contraposición a la moda actual de ir saltando de producción en producción, se toma su tiempo para dirigir cada película. Se habla de que es un director detallista, meticuloso, y que piensa y reflexiona sobre cada una de las cosas que filma, al igual que su predecesor Kubrick, pero esto a pesar de tener algo de verdad, está fuera de contexto y, frecuentemente, equivocado.

Decíamos que el tiempo es algo importante de su filmografía. Para que haya tiempo, según Nolan, debe haber ritmo. Las imágenes de Kubrick cuentan por si solas, y tal como El jardín de las delicias, de El Bosco, cada fotograma puede ser interpretado y hasta tiene una invitación a la sobre-analización. Es como un mago que llega a un cumpleaños y les dice a todos los invitados: “Lo que estoy por hacer ahora será grandioso”. Cada una de las personas que presencien este acto estarán viendo cada movimiento, cada decisión y, aún así, serán sorprendidos cuando el mago haga su truco. El valor visual de Kubrick es una de sus principales características y obsesiones, pero nada de todo esto sucede en la filmografía de Nolan.

El fotograma de Nolan, por si solo, no vale nada. A menudo su dirección se torna utilitaria, que va de punto A hacia el punto B. Es, visto desde esa manera, un director desprolijo y despreocupado por el espacio que está construyendo. Poco importa si un objeto está a la izquierda, arriba o a la derecha del personaje. Esta idea de composición prácticamente no existe en su cine. Pero si no hay composición… ¿cómo hay cine? Para entender esto tenemos que volver un segundo a los franceses.


La forma, el contenido y los autores británicos

Uno de los roles fundamentales de la idea de un autor que transmite en términos puramente cinematográficos y no simplemente desde sus palabras era para poder apreciar y comprender obras menospreciadas. La revista Cahiers du Cinéma estaba siempre en la búsqueda de comprender estas repeticiones y estas obsesiones porque, a diferencia de la literatura, es mucho más difícil hacer cine. Mientras que en la literatura uno solo necesita la inspiración, un lápiz y un papel (sí, claro, andá a escribir Don Quijote y después hablamos), en el cine tradicional todo es un poco más complejo.

Se requiere de un equipo de personas, usualmente bastante grande, mucho dinero (aun en las películas más austeras, el número se habla en miles de dólares como mínimo) y la aprobación de un presupuesto por inversores que no paran de ver cómo películas arriesgadas fracasan y quiebran estudios. Si Hitchcock llegaba a un estudio y decía: “Quiero hacer una película sobre el morbo de espiar gente”, lamentablemente no hubiera llegado lejos. No solo porque los estudios de los cuales se pudo liberar con el tiempo nunca le hubieran presupuestado un film así, sino porque los medios y las masas no querrían ver un cine tan político. Sin entonces poder desarrollar sus temas de forma libre y abierta, a menudo directores como John Ford o el mismo Hitchcock los camuflaban detrás de estas repeticiones formales insertas desde el seno de la industria.

La decisión de contar desde las formas podría tener su origen desde esta persecución al tema. Es como una especie de código oculto, que no todos deben entender, pero donde realmente estos directores hacían Cine con mayúsculas. A Nolan, estando en la generación en la que está, no le interesa hacer las cosas de esta manera. Su cine, al igual que en el Hollywood clásico, sí esconde siempre ese algo más, pero este cifrado existe en el subtexto y en lo que les sucede a los personajes. Existe en las situaciones dramáticas y en lo que significan narrativamente, pero lo formal le es indistinto. Los fotogramas por sí solos son desechables, pero juntos generan este tren que no para y sigue hasta el final del film. Quizás por eso se puede entender tanto porqué es ahora el abogado de las salas de cine.


“No trates de entenderlo. Debes sentirlo”

Una frase así de banal y poco profunda es lanzada en el medio de Tenet, la última película de Christopher Nolan hasta la fecha y su primer fracaso comercial. Vista así, parecería ser una frase dicha por algún gurú de poca monta, pero en la película esta frase es expresada por una mujer científica que aparentemente tiene, como mínimo, una compleja carrera universitaria que respalda lo que dice. Podemos interpretarla como una linea más que evidencia lo poco profundo que es el cine de Nolan, pero también podemos interpretarlo como una auto-cita sobre la propia forma que tiene el director de ver el cine.

Nolan, y en eso si se parece a Kubrick, nos invita a soñar. Nos invita a repensar todo lo que vemos, a reinterpretarlo y a comprender nuestro pasado. Es una invitación a la aventura que nos dice que nunca le creamos a sus personajes, que siempre busquemos algo más y que vivamos la experiencia una y otra vez. Todas sus películas invitan a la revisión y al análisis temático de su obra. Desde su ópera prima, Following, Nolan nos lleva a descreer y a interpretar.

La música, los efectos especiales grandilocuentes y los actores famosos de sus obras nos grita cine comercial por todos lados. Nos dice que es simplemente una película más, algo desechable y que sirve para pasar el rato, pero al mismo tiempo nos deja pistas que indican directamente lo contrario. Solo queda buscar, a pesar de lo que dice la mujer científica en Tenet, las decenas de miles de interpretaciones sobre lo que sucede en el film subidas a YouTube. Siempre hay algo más.

Pero si intentamos ver su cine con el ojo del formalismo, Nolan se cae a pedazos. Es un director aparentemente despreocupado por el valor de sus obras, y más preocupado porque no te levantes de tu butaca cuando estés en tu sala IMAX de preferencia. Es en esta ambivalencia, la de hacer cine comercial lo más masivo posible y a su vez un cine autoral y clásico, donde encontramos la dicotomía de la polarización sobre Nolan. Pero en vez de quedarnos con la cuestión sobre si es un farsante o si es un iluminado, quizás lo mejor sea apreciar su visión, prácticamente única, en este infame siglo XXI.

Una época sin nombres y apellidos, que invisibiliza al autor y genera repeticiones difusas. Donde los nombres propios son los de los productores, y el supuesto arte está más cerca de los festivales y menos de las salas. Quizás es justo en esos tiempos donde nos puede ser útil rever nuestra visión sobre lo que debe o no debe ser el arte. Porque al fin de cuentas, y en palabras textuales de un enorme artista como Charly García: “El arte es cagarse de frío”.

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